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Un año para olvidar

La izquierda perdió algunos de sus bastiones sudamericanos, los demócratas fueron echados de la Casa Blanca y del Congreso, y los cubanos vieron esfumarse las esperanzas generadas por el inicio de la normalización de las relaciones con Estados Unidos.


2 de enero de 2018 - Por Jorge Gómez Barata

Un año para olvidar

Para la izquierda latinoamericana, los liberales estadounidenses y los socialistas cubanos, dos mil diecisiete fue un año para olvidar. La izquierda perdió algunos de sus bastiones sudamericanos, los demócratas fueron echados de la Casa Blanca y del Congreso, y los isleños vieron esfumarse las esperanzas generadas por el inicio de la normalización de las relaciones con Estados Unidos.

Para Venezuela no hubo tregua. Al asedio imperialista, la violencia y la ingobernabilidad se sumó la corrupción. La voluntad de paz fue puesta a prueba en Colombia, mientras los escándalos de Odebrecht, Petrobras, y PDVSA resultaron nefastos.

El año 2017 no fue bueno para los empresarios mexicanos amparados en el Tratado de Libre Comercio, y fatal para los emigrantes y refugiados en el mundo. Tampoco fue del todo auspicioso para Rusia, involucrada en guerras y conflictos y afectada por sanciones; aunque su papel en Siria es incuestionable.  Europa, golpeada por el terrorismo, soportó el Brexit. España no se encuentra a sí misma.

No fue una época amable para los palestinos y lo más curioso, tampoco para Estados Unidos donde, aunque la economía marcha bien, padece profundas divisiones y es perturbado por múltiples conflictos que involucran a su presidente.

Corea del Norte es capítulo aparte. Si no sucumbiera en una guerra devastadora, su desenfrenada carrera de armamentos terminará por desangrar su magra economía. Kim puede amenazar a Estados Unidos, tal vez hacerle daño, pero no puede derrotarlos, y quizás ni siquiera pueda lograr que su país sobreviva a una confrontación nuclear.

Aunque hay otras, China es la excepción más relevante, de hecho se trata del único de los grandes países al que todo le sale bien.

Cada uno de estos y otros actores tiene su agenda y escogen sus batallas.   

Para los norteños el camino parece más expedito, pues en Estados Unidos la presidencia tiene fecha de caducidad por lo cual en tres o a lo sumo siete años, Donald Trump será historia. A los liberales norteamericanos les basta encontrar un candidato competitivo, alcanzar un éxito electoral y reconquistar la presidencia que son objetivos factibles.

 

 

Para el movimiento progresista latinoamericano es más difícil, porque se trata de revertir situaciones que, además de privarla del poder, han debilitado sus movimientos y organizaciones, dispersando a sus partidarios como ha ocurrido con el Partido del Trabajo de Brasil, el Movimiento Alianza País en Ecuador, y en el kirchnerismo de Argentina. A ello se suman las dificultades de la izquierda para renovar sus liderazgos.

Cuba, con su experiencia y entereza como avales, y su capacidad de maniobra como herramienta, tiene sus mejores opciones en la profundización de las reformas, la democratización de su socialismo y la búsqueda para retomar el camino de la normalización con Estados Unidos. Para ella se trata de mirar adelante y, sin olvidar la historia, pasar a escribir nuevas páginas.  Para avanzar es preciso salir de las trincheras.            

La mejor noticia del año fueron las contundentes y al parecer definitivas derrotas del llamado Estado Islámico, fuente y principal inspirador del terrorismo contemporáneo en Siria e Irak, lo cual constituye una hazaña y toda una promesa.

Todo tiempo futuro tiene que ser mejor. Bienaventurados los optimistas.


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