El rostro habanero que enamora al turista
Anda el viajero por las calles de La Habana Vieja y entre tanta muchedumbre, no para de dar disparos con su cámara. Muchos de los turistas vienen buscando el paraíso de la negra, el humo del mejor tabaco, un trago del buen ron, y el paseo en el carro más antiguo.
18 de enero de 2018 - Blanca Amelia Ramírez
Anda el viajero por las calles de La Habana Vieja y entre tanta muchedumbre, no para de dar disparos con su cámara. Muchos de los turistas vienen buscando el paraíso de la negra, el humo del mejor tabaco, un trago del buen ron, y el paseo en el carro más antiguo.
Pero, ante esa imagen de alfiler, se caen otras verdades. La de sayas coloridas, sentada en una esquina de Obispo, donde los turistas aprovechan la ocasión para tirar fotos y de esa manera se llevan un pedacito de Cuba.
Luego sigue la marcha, y millones de timbiriches asoman las banderas cubanas en variados soportes: carteras, llaveros, jarras, cuadros.
Realmente, muchas son las formas en que vemos hoy a nuestra actividad cultural convertida en producción industrial, nuestros bienes simbólicos en mercancía, y dentro de ese espectro tenemos a la bandera, la imagen del Che, un periódico Granma…
Sin embargo, se ha creado otro fenómeno a raíz de todo esto, y es una producción industrial como actividad cultural, y asevero, no es un enredo ni la situación al revés.
Esta vez, son formas estereotipadas que se venden, y que para todos forman parte de la cultura de un país, pero al fin y al cabo no tienen mucho que ver con la verdadera identidad nacional.
Usted, viajero, debe buscar la verdad del cubano de a pie. Ese que le invita a su casa, le prepara unas masitas de puerco y si no tiene, pues se la inventa; del cubano que pone un televisor en la calle y ve la pelota con la gente del barrio. Después junto a una partidita de dominó, le brinda un vaso de su mejor ron… y de seguro allí sacará su mejor foto.


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