El cascabel de los refrescos

Todavía a estas alturas las malformaciones estructurales de un aparato económico que no acaba de encontrar la inalcanzable luz al final del túnel permiten, o mejor dicho, propician, episodios como los siguientes.


24 de septiembre de 2017 - Tomado de 5 de Septiembre

El cascabel de los refrescos

Además de consternación e incredulidad, la escena motivaba pena, mucha pena porque todavía a estas alturas las malformaciones estructurales de un aparato económico que no acaba de encontrar la inalcanzable luz al final del túnel permitan, o mejor dicho, propicien, episodios como los siguientes.

La abuela pidió diez refrescos de lata en una de nuestras “cadenas”, con el objetivo de aportarlos para la fiesta de cumpleaños del nieto. Casi al unísono, otra señora solicitaba seis, para llevarlos el miércoles, día de visita, a sus dos hijos becados en el instituto preuniversitario vocacional Carlos Roloff.

En ambos casos, la negativa de la dependienta se hizo instantánea, automáticamente expedita, clonada: “Solo se permiten la venta de dos refrescos por persona”.
La anciana exclamó, con toda ley recondenada: “Ahora tengo que comprárselos a los particulares a quince pesos, quienes al parecer los sacan del aire, puesto que aquí no se les vende en cantidades. ¿Qué cosa es esto?, ¡madre mía!”.
Y la misma pregunta se la hace el columnista, quien presenció el peculiar pasaje (repetido surrealistamente, cada día, centenares de veces): “¿Qué cosa es esto?”.

Ya de por sí caros a su precio original de diez pesos, los refresquitos de latica fueron sobrevaluados a doce en las primeras versiones de las cooperativas no agropecuarias, en medida que obligó una incidencia estatal —no sin ciertas prerrogativas concedidas en el trueque a las direcciones de dichas estructuras—, para devolverles su gravamen.

Pero ahora ya ni siquiera es doce, sino quince. El segmento privado percibe ganancias del ¡50 por ciento! por cada unidad. Son miles, decenas de miles, millones las vendidas en el país cada mes. Preguntar de dónde salen es un pleonasmo estúpido en el cual no voy a incurrir: ¡de donde sale todo! El punto aquí es el monto del altísimo sobreprecio por una mercancía muy noble que no producen ni transportan, manipulable, bien demandada por el clima cubano.

Sí, lo hemos escuchado como un mantra sin respuesta oficial ni solución: los trabajadores del sector privado no poseen su mercado propio de abastecimiento y, por ende, “deben arreglárselas”. Pero, caramba, con límites. Todo capitalista sabe que su margen de ganancia no puede superar al del ente productor y al del ente distribuidor primario. En nuestra columna El concepto de ganancia en Cuba (2015) apuntábamos que este es el único país del mundo donde el vendedor no se conforma con el 10 o el 20 por ciento. No, él, como Nassiry Lugo en Mi televisor, “lo quiere todo y lo quiere ahora”.

No solo sucede con el refresco de latica. Igual con el de pomo grande, las maltas, el agua mineral y los diferentes tipos de cerveza. Sin topes, sin frenos. En una emulación insensata para ganarle a los altos precios del Estado, algunos de los cuales son verdaderas contradicciones al modo de vida de un país tercermundista y bloqueado, los privados subieron la parada. Resultado: el ciudadano medio (que, recordémoslo, sigue siendo el mayoritario en Cuba no obstante las remesas, la delincuencia, el cuentapropismo u otras fuentes de ingresos) no tiene para donde virarse. La espada de Damocles viene por los dos lados.

Por supuesto, los refresquitos son un costado insignificante del colosal entramado de ventas de la nación, a todos los niveles. El disfuncional y abusivo sistema —engañosamente denominado de “oferta y demanda”— en el universo agrícola posibilita que una mercancía llegue diez veces más cara al cliente que a cómo la vendió el productor. Es, al parecer, un problema matemático sin solución. Ideas, medidas, contramedidas, iniciativas y experimentos llueven; pero el mal sigue ahí, vivo, y las personas continúan perjudicadas, sin bolsillo ni fuerzas para cubrir el desenfrenado costo de la vida.

El cochero esta semana cobra quince por doce cuadras y la próxima pide 25. O ni siquiera espera siete días. A veces el precio solo lo marca la hora de la siesta o del crepúsculo. Ni Breton ni Carpentier ni García Márquez habrían podido imaginar esto para un vehículo de caballos que no usa combustible.

Y la vida sigue igual, como los salarios. Las malditas circunstancias del agua, del bloqueo, las carencias y la ineficaz gestión económica a varias escalas nos continúan lastimando y convirtiéndonos en salvajes lobos de nosotros mismos.


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