¿Cómo se conforma nuestra personalidad?

¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Qué conforma nuestra personalidad? ¿Qué delimita nuestro carácter? ¿Qué le da a cada ser humano esa cualidad de ser único e irrepetible? ¿Por qué actuamos de tal o más cual manera?


30 de enero de 2017 - Reinier Valdés Iznaga

¿Cómo se conforma nuestra personalidad?

¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Qué conforma nuestra personalidad? ¿Qué delimita nuestro carácter? ¿Qué le da a cada ser humano esa cualidad de ser único e irrepetible? ¿Por qué actuamos de tal o más cual manera?

Disciplinas como la Filosofía, la Psicología y la Antropología han tratado de responder estas preguntas. Las respuestas han sido múltiples. Forman un amplio abanico que va desde la consideración casi exclusiva de la influencia medioambiental y los estímulos externos, hasta los defensores de la acción única del mundo interno, los impulsos sutiles recibidos más allá incluso de la mente.

Lo cierto es que los límites están cada vez más desdibujados y se hace difícil crear definiciones que enmarquen los conceptos. Sin embargo, el hombre, más allá de cualquier ciencia, intenta encontrarse a sí mismo y de esto depende no solo su condición individual sino la de toda la sociedad.

Indagar en nuestra autobúsqueda genera conocimiento, nos permite saber qué nos gusta, por qué hacemos ciertas cosas o el propósito que pretendemos lograr con nuestra existencia. Solo autorreconociéndonos se consigue ser feliz, pues la medida exacta de la satisfacción es un rasero que varía con cada hombre o mujer.

Perderse en este camino suele producir situaciones desastrosas: personas nada originales que callan lo que piensan, que soportan “contra su voluntad” maltratos o injusticias tan solo porque es lo que está establecido; seres llenos de miedos, egoísmo, rencores, apegos e inseguridades; personas ignorantes de sí mismas (porque hay una ignorancia que va por encima de saber leer y escribir).

¿Qué es la personalidad?

Se suele aceptar que la personalidad es un producto de la formación y evolución del ser humano a partir de dos factores: el temperamento y el carácter. El temperamento (como bien lo explicaba ya Hipócrates: flemático, sanguíneo, melancólico o colérico) depende de un estado orgánico congénito, es decir, es la impresión genética de la especie y su evolución, de tus abuelos, tus padres y toda la experiencia acumulada genéticamente por nuestra raza. Es la que permite al hombre expresarse espontáneamente frente al mundo exterior.

El carácter es la consecuencia de la elaboración paulatina en la que el individuo regula las presiones del temperamento y los instintos, determinando la conducta y propósitos del mismo, los cuales variarán según la educación recibida y aprendida y las relaciones de cada persona con las demás y el medio que le circunda.

La personalidad, que requiere a la conciencia como centro para mejorar aun más ese tapiz de elementos constitutivos que llegan a distinguir a una persona de las demás, es la que agrupa en sí los hábitos, actitudes, ideas, memoria, motivaciones, pautas de acción. Es donde encajan las conductas dirigidas hacia el exterior y visibles, y otras internas que no siempre se dejan ver, como las emociones o las ideas.

Para explicarlo mejor, remitámonos a las últimas investigaciones sobre genética, biología molecular y neurología. Los más recientes resultados demuestran que muchos rasgos de la personalidad central se heredan al nacer y también que muchas diferencias entre los estilos individuales son el resultado de diferencias genéticas.

Cada uno de nosotros fue concebido por dos personas, fue creado a partir de sus genes. Somos producto de generaciones enteras de evolución, incontables fragmentos de información reunida en millones de años, concentrada, reducida y refinada, hasta que llegamos al mundo. Nos parecemos a las personas de nuestra familia, y en algunos aspectos también sentimos y actuamos como ellos.

En cuanto a ciertos rasgos de nuestra personalidad tenemos tan escasas posibilidades de elegir como en cuanto a la forma de tu nariz o el tamaño de tus pies. Esta dimensión innata y biológica es la que los sicólogos denominan temperamento.

Ahora bien, el hecho de haber nacido con un temperamento determinado no significa una serie de instrucciones o un destino impreso en piedra. La existencia del temperamento para nada representa que un ser humano deba cargar con su personalidad desde el nacimiento. Por el contrario: una de las maravillosas características de este es su flexibilidad incorporada que nos permite adaptarnos a los desafíos y obstáculos de la vida.


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