#LaHabana500 … Más allá de la muerte (+ Fotos)
La necrópolis china fue de las últimas construcciones funerarias ejecutadas en La Habana durante el siglo XIX y es una obra del arquitecto Don Isidro A. Rivas, que por su gran valor histórico fue declarada Monumento Nacional el 8 de mayo de 1996.
10 de junio de 2019 - Por Elizabeth Cabrera
La interrogante milenaria de la existencia de vida después de la muerte sustenta muchas de las tradiciones funerarias del mundo. Particularmente una sentencia china afirma que "la cosa más importante en la vida es tener un buen funeral" dada la creencia de que “los espíritus de los muertos serían tanto más libres, y por lo tanto más benévolos, cuanto más suntuoso fuese su entierro”.
Para muchos, los cementerios son el espacio sagrado donde esas almas descansan para cobrar vida en otros cuerpos, con otros sueños y en otros continentes. La Habana, en sus casi 500 años cuenta con dos ejemplos que son, además, joya del patrimonio arquitectónico capitalino: El Cementerio de Colón y el Cementerio Chino, este último ubicado en la calle 26 e/ 31 y 33 en el barrio Nuevo Vedado.

La necrópolis china fue de las últimas construcciones funerarias ejecutadas en La Habana durante el siglo XIX y es una obra del arquitecto Don Isidro A. Rivas, que por su gran valor histórico fue declarada Monumento Nacional el 8 de mayo de 1996.

Las gestiones para su fundación en 1893 estuvieron a cargo del cónsul general en La Habana, Señor Liu Lia Yuan. “Hasta ese momento los inmigrantes chinos fallecidos habían sido enterrados en el cementerio de los ingleses, que se encontraba ubicado en las actuales calle G y H, en el Vedado; en el cementerio de San Antonio Chiquito y en el cementerio Cristóbal Colón. Sin embargo, la iglesia católica puso obstáculos al proyecto y este no pudo iniciarse hasta once años después.
Los terrenos donde se construyó el cementerio eran propiedad de Federico Kohly. La planta estaba dividida en cuatro cuadros regulares, con dos calles cortadas perpendicularmente en ángulo recto, totalmente cercado con una verja de hierro. En la entrada, a la derecha, se encontraba la habitación del celador, y a la izquierda el salón donde se reconocían los cadáveres. Ya en el interior y en el extremo este de la calle transversal, se hallaba una habitación de ladrillos rojos con tejas francesas destinadas a quemar sándalo e imitación de papel moneda, como ofrenda a los muertos. Hacia el sur estaba la cochera para el carro que conducía a los pobres, en el ángulo suroeste la sala de depósito de cadáveres y frente a esta estaba el osario. Fosas individuales cubrían las superficies de los cuadrados y no se utilizaban las fosas comunes”.
En sus más de ocho mil metros cuadrados de extensión descansan los restos de migrantes chinos, sus cónyuges y sus descendientes hasta la segunda generación. Su superficie está distribuida en cuatro cuadros irregulares, resultado del corte de dos ejes en cruz que representan el cielo, la tierra, el mundo de los vivos y el de los muertos. Capillas, obeliscos, bloques de nichos, bóvedas y falsas bóvedas, conforman un enorme altar a la cultura asiática, ejemplo de la transculturación cada vez más presente en las sociedades actuales.
“El ritual de enterramiento es la expresión de la filosofía y creencias religiosas. Al ser enterrado en las fosas de tierra, el difunto, mediante testamento, dispone del tipo de plantas que quiere en su sepultura y el modo de sembrarlas; estas pueden estar alrededor o sobre el montículo de tierra que cubrirá sus restos. La disposición simbólica de las plantas y su cuidado, durante su crecimiento, representa la elevación del alma y la salud del espíritu del difunto y de sus familiares vivos, aunque por voluntad del fallecido al año de entierro estas pueden ser cortadas. Para las fiestas propias del calendario lunar y las celebraciones cristianas de los fieles difuntos, existe la costumbre de quemar incienso, sándalo, dinero falso y ofrendas de alimentos”.
La creencia generalizada en esa parte del mundo de que el alma es inmortal condiciona el respeto de los asiáticos a la muerte. El Cementerio Chino de La Habana es una ofrenda, un lugar de reposo eterno para chinos destacados en las gestas independentistas, maestros, médicos y artistas.
Este camposanto, ávido de una gran proceso de restauración y conservación, es parte del patrimonio nacional cubano, sus exclusivas chapas metálicas, el arbolado como muestra del “equilibrio y la armonía con la naturaleza propia del pensamiento filosófico asiático; a la vez, forma parte del ritual funerario vinculado a la elevación y bienestar del espíritu y la familia”.
Lápidas convertidas en auténticas obras de arte dan la bienvenida a los interesados en la historia de quienes dejaron parte de su legado en esta tierra, en esta ciudad y en sus 500 años.

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